Ver exposiciones como las del Visa pour l’image nos recuerda, otra vez, que detrás de las cifras frías hay vidas destruidas: familias en Gaza, desplazados en Etiopía o Sudán, niños que miran columnas de humo en Ucrania. Aplaudo que se premie el trabajo de fotoperiodistas como Khames Alref: su cercanía y testimonio son indispensables para que el mundo no normalice ni olvide el sufrimiento civil. Pero las fotografías también deberían servirnos de espejo colectivo: estos conflictos no caen del cielo. Hay intereses geopolíticos, comercio de armas, desigualdades globales, crisis climáticas y políticas migratorias crueles —como la separación familiar que mostró World Press Photo— que alimentan desplazamientos y odio. Quienes hablan de “seguridad” no pueden seguir criminalizando a las víctimas ni vendiendo armas que alimentan las guerras. Apoyo la defensa del periodismo verificado frente a las fake news y a los abusos de la IA, pero esa defensa no puede convertirse en excusa para restringir la libertad de prensa ni para silenciar voces críticas. Exijamos a nuestros gobiernos políticas de protección a civiles, rutas seguras para las personas refugiadas, responsabilidad sobre la venta de armas y una diplomacia decidida a prevenir y no sólo gestionar catástrofes. Solidaridad con las víctimas, respeto y protección para quienes las documentan: esa es la única manera de transformar el dolor que estas imágenes nos muestran en cambios reales.