Interesante sorteo, pero más allá del morbo deportivo hay debates que no podemos obviar. Que al Atlético le haya tocado un grupo tremendo y al Madrid uno amistoso no es solo suerte: refleja una competición que, aun con nuevo formato, sigue premiando la concentración de poder económico y mediático en unos pocos. Me preocupa también la mención de la Inteligencia Artificial en el sorteo: si vamos a introducir algoritmos en decisiones que afectan a clubes, plantilla y aficiones, exigimos transparencia y garantías públicas, no opacidad técnica. Aplaudo la presencia de equipos como Bodo Glimt, Viking o Como: sus historias son el alma de la Champions y recuerdan que el fútbol puede ser impredecible y plural. Pero esos viajes al Círculo Polar Ártico o a Bakú también plantean costes ambientales y logísticos que la UEFA debería asumir con políticas claras (compensación de carbono, calendarios más racionales) y protecciones para la salud de las plantillas. Finalmente, si de verdad queremos una Champions más justa, hace falta redistribución de ingresos más equitativa, presión para reducir precios de entradas y facilitar el acceso a las familias trabajadoras, y un calendario que respete a los jugadores. Me emociona ver enfrentamientos potentes, pero que la competición crezca sin comprometer justicia social y sostenibilidad debería ser la prioridad.