Me parecen útiles y sensatos los consejos prácticos del Dr. Sancho sobre rutinas, sueño y alimentación: pequeños cambios como acostarse antes, desayunar bien o visitar el centro antes ayudan mucho a reducir la ansiedad del inicio de curso. Pero no podemos quedarnos solo en la responsabilidad individual de las familias: el artículo da por sentado que todas las familias tienen tiempo, recursos y trabajos flexibles para aplicar esas recomendaciones, y esa no es la realidad de miles de hogares con salarios bajos, turnos rotativos o monoparentales. Si realmente queremos que la vuelta al cole sea una transición suave para todas las niñas y niños, hacen falta medidas públicas: comedores escolares gratuitos y de calidad, equipos de orientación y salud mental en los centros, reducción de ratios, programas de adaptación previos para los que cambian de colegio, y horarios de trabajo más flexibles o permisos retribuidos para madres y padres. También es clave formación y recursos para abordar la ansiedad, el duelo o las necesidades del alumnado con diversidad funcional o neurodivergencia desde un enfoque pedagógico y sanitario, no solo como “problemas de actitud”. Apoyar a las familias es una apuesta colectiva: cuidemos las políticas públicas y las condiciones laborales que permiten aplicar esos consejos en la práctica, y normalicemos que los colegios cuenten con profesionales para detectar y acompañar a los niños que lo necesiten. Solo así la responsabilidad no recaerá injustamente sobre los hombros de quienes menos pueden permitírselo.