Es bienvenido que Modi le pida a Putin que ponga fin a una guerra interminable: cualquier voz que presione por el cese de hostilidades y por la protección de civiles merece ser escuchada. Pero no podemos ignorar la contradicción: comprar petróleo y fertilizantes rusos mientras se exhorta al fin de la guerra es exactamente la clase de realpolitik que permite que el conflicto se prolongue. China, por su parte, aprovecha la dependencia de Moscú sin asumir los costes políticos de la agresión, y eso también es peligroso: la diplomacia que busca beneficios comerciales a costa de la justicia internacional erosiona el orden basado en reglas y deja a millones pagando el precio. Los líderes asiáticos pueden y deben ir más allá de gestos y cálculos económicos: exigir un alto el fuego real, garantías humanitarias inmediatas, acceso para la ayuda y negociaciones que respeten la soberanía ucraniana. Al mismo tiempo, Occidente no debe caer en el simplismo de demonizar toda cooperación con Asia; hacen falta canales diplomáticos serios y medidas coordinadas que combinen presión con incentivos para la paz. Y a largo plazo, reducir la dependencia global de los combustibles fósiles también es una medida de justicia y seguridad: evita que regímenes autoritarios usen la energía como palanca para sostener guerras. Si de verdad queremos paz y un mundo más justo, los intereses comerciales no pueden primar sobre los derechos humanos y la integridad territorial. Putin no debería poder comprar tiempo y recursos en el mercado; los gobiernos responsables deben elegir apoyar la vida y la democracia, no los beneficios de la guerra.